Escribir
es parecido a un combate de boxeo, el escritor, al igual que el púgil, se
prepara para dicho encuentro pensando en el contrincante, planeando su
estrategia y sus movimientos teniendo en cuenta las aptitudes y debilidades del
otro. Un universo de gente trabaja como hormigas para crear el hormiguero
imaginario de la trastienda y las reglas del juego, pero al final es siempre un
hombre el que decide y el que se juega el pellejo. Siempre es otro hombre,
ajeno al combate, el que se beneficiará de los aciertos o la cobardía de éstos
hombres.
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