Ruidos ilógicos de
una mecánica ciega,
fauces metálicas
babean sobre la urbe.
En vuelo blanco y sereno,
cruza un ave de papel
dibujando acrobacias.
Los peregrinos
observan indiferentes,
con la despreocupación
que los caracteriza.
El mundo subterráneo
llora sus muertos,
los hacen vapor, y del cielo
cuando caen vuelven a llorar.
Las ofrendas realizadas
a la Santa Madre Tierra.
Una cortina de silencio
se percibe a la lejanía,
apresando a la ciudad,
más allá de los edificios
se percibe, pero no se ve.
Quizás los rostros de cemento,
las voces que vienen del río
sí decían nuestros nombres
y, fieles a nuestra naturaleza
nos acostumbramos a no ver,
no preguntar.
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