El zaguán del sol escapaba por el fondo
perseguido por constelaciones de cristales.
La casa tenía dos patios que de mañana brillaban
como un fenómeno que dulcificaba la luz natural.
Y aquellos tápiales crepusculares donde rompí
mis manos, de sueños, amistad y cicatrices.
Un jardín salpicado de todos los colores
y yo siguiendo por todos lados a mi padre.
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