Me rendí de todo,
una noche de otoño;
ante el juego imprevisible
y mis métodos inexactos.
Lloré un río turbio,
musité un “socorro”
muy triste y solitario.
Y el alba aguardaba,
regulaba sus palpitaciones.
El aire era soñoliento,
eran días que no transcurrían,
solo se oían ladridos
pero muy lejanos.
Y el alba aguardaba,
la primera muerte…
Desaparecí, simplemente,
entre fuegos de locura,
un último vuelo suicida.
El otoño y el verano
fueron la misma muerte,
la casa maldita caería
en primavera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario