Los ojos no dicen nada, no hay nada en ellos solo urgencia, solo desesperación como única y débil respuesta a la celebración a la inescrupulosidad en que se ha convertido el mundo. Aquello a algunos llaman vida es tanto más parecido a la muerte, al letargo perpetuo.
En la noche de los muertos que bailan el vino reboza de vida, y hay heridas que solo el vino puede apaciguar.
Te rompe el dolor de verte como otra entidad vacía que transita en un universo de calamidades, roles vacíos y situaciones intrascendentes arrojadas una sobre otra con la arbitrariedad de la imposición. La demencia aceptada como normal, lo normal proclamado demencia.
Entonces los ojos no dicen nada, solo habita en ellos un brillo lejano de incomprensión, de humanidad acaso.
Tirado en el piso, te estuvieron pateando un buen rato entre cuatro o cinco a los que no les gustó tu cara ni tu poca predisposición a ser llevado por delante. Pero ya se fueron. Te duele todo, por primera vez en tu vida en un momento sentiste que no ibas a soportarlo. Pero ya se fueron, y vas a sobrevivir, lo cual te produce una profunda e inentendible pena.
No hay nada para decir, nada que merezca ser defendido. Los días están cubiertos de telarañas. Los días están grabados en un código indescifrable. Son un vómito con sangre que contemplás una confusa mañana, y te trae algo de paz saber que al menos te estás destruyendo.
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