Fui a hacer la entrevista a la casa de
Iván, el negro, escritor y editor de Tinta China y también conocido de la
calle, los recitales, la vida. Es una ciudad chica la nuestra, y los locos solemos terminar las noches emborrachándonos en los mismos bares. Toqué timbre preparado,
sabiendo que encontrarse con él es siempre una experiencia novedosa. Sobre todo
si es en la casa: cada vez que te abre la puerta pareciese que la abre alguien
distinto. La cara, el cuerpo, las características generales son las mismas.
Pero las expresiones y, sobre todo, la mirada es otra, pareciese alguien diferente
cada vez. Habla siempre de distintos proyectos descabellados y ambiciosos. En
ésta oportunidad hablaba de algo que llamaba “La fábrica” y que según él era la
idea más maravillosa que se le podría haber ocurrido a un sociópata de su
calaña (palabras suyas).
Me conduce al patio donde arranca unos mates con yerba Canaria
(uruguaya, sin palo), convida algunos y arranca: “Yo también fui un niño índigo,
pero no me ando mandando la parte. El Uritorco era para caretas, acá hicimos
otra movida más verdadera, más under.”
Entrevistador: ¿En qué estás trabajando actualmente?
Negro: Investigo, leo mucho, busco en wikipedia. Salgo a la calle a
mirar, anoto cosas. Soy buchón de la policía.
E: Tus textos tienen una composición estética amalgamada al lenguaje
moderno, no solo al literario…
N: ¡Ohh, escribe como se habla! (frase de los Simpsons) me dijo una vez
un amigo luego de leerle un poema sobre tener sexo con una persona a la que se
desprecia profundamente. Y es así, uno aprende de todos los medios que tiene al
alcance y los incorpora a cualquiera que sea su forma de expresión. Bukowsky me
definiría como alguien que vió demasiadas películas, como prendedor púrpura,
cierto personaje de su novela El cartero. Mis construcciones tienen mucho que
ver con el lenguaje cinematográfico, intento siempre darle dinamicidad a los
textos y a la vez decir, convocar ideas. También intento utilizar con acierto
los cambios de voces, tiempos y perspectivas, como si fuesen cambios de cámara
o enfoque. Igual, intento, soy un pichón de gorrión con más hambre que
alimento.
En éste momento de la entrevista el negro emula durante un lapso de unos
veinte minutos a un gorrión buscando alimento. A pesar del trance sigue cebando
mate. Coincidirán conmigo en que se trata de un ave muy considerada. Ave de ley,
digamos.
“A mí me están persiguiendo loco, loco, loco…” afirma a la vez que mira para
todos lados y le quita el precinto a una granada que arroja a lo del vecino.
“Tienen gnomos buchones contraespionando!!”, luego llama a Washington por el
zapatófono y le pide un martini a un perro. Arranca una flor de una maceta, le
hecha tres pétalos al mate y ofrece el resto, como no los tomo se los come él.
“Yo inventé el anti-google”. “Viste que en Internet buscás lo que sea y
lo encontrás y en la vida buscas cosas que muchas veces no llegan. Bueno yo
inventé un buscador en el que no encontrás nada pero después de usarlo te va
bien en la vida”. “Ni siquiera está conectado a internet”.
No sin hacer uso de algo de sarcasmo compruebo su punto: el loco es
feliz, a pesar de que según él google lo quiere borrar del mapa.
“Hay una conspiración muy loca en marcha y uno no termina nunca de
desenmarañarla porque sin darnos cuenta estamos constantemente nosotros mismos
conspirando.”
E: Contame sobre tu vida, de donde venís, cuándo comenzás a escribir?
N: Yo empiezo a escribir de muy joven, a la edad de menos tres años.
Originariamente soy pernambucano pero más originariamente soy un pelo en un
peine. Nací siendo achura pero un ataque de tos me convertí en político y
después de llorar mucho me hice persona. Una vuelta mandaba cartas de truco a
los diarios y ahí me descubrió Magallanes y nos fuimos de viaje místico. Mucha
droga. ¿The conté que soy fan de The Big Bang Theory? Es lo más. Muchas veces
yo también hago inventos, como por ejemplo un escarbadiente sabor salamín para
mientras esperas el morfi y uno sabor queso y dulce para el postre. También
inventé un aerosol que hace desaparecer la caca de perro y fui millonario y me
pelié con mi mejor amigo pero al final arreglamos las cosas. (Nota del
entrevistador: ese es el argumento de una película que se llama “Envidia”. Cualquiera,
éste pibe es un ladri.)
E: Negro, vos sos uno de los creadores de Tinta China, ¿Cómo es tu
relación actual con el proyecto?
N: Ahora trabajo desde acá, en la oficina hay mucha gente y todos
tenemos ritmos distintos…
Agarra el zapatófono y llama, es difícil no reírse porque imita muy bien
el sonido de los números y del tono de espera. “¡David!! ¡David!! ¡¿Cómo andás
hermano!? ¡Seee! ¡Mandále mecha mandále!!!”
No todos los días tiene uno la posibilidad de conocer la trastienda de
la creación. Después de un rato se le van acabando las historias y las pilas.
Apenas divagaba, lo único que siguió su curso inalterable fue el mate. De
camino a la redacción, con un grabador repleto de historias alucinantes (o
alucinadas, como se prefiera) y la imagen de aquellos últimos momentos con el
negro siendo al fin persona, como el panadero o un paciente psiquiátrico, no más
el personaje, con esa última imagen dando vueltas en mi cabeza, reflexionaba si
acaso no era aquello el verdadero significado del arte: cuarenta minutos de
delirio consensuado y luego palabras que se pierden, saliendo de la boca de
éste pibe, o un panadero, o un paciente psiquiátrico.
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